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Me paran por la calle y me encajan un folleto de Peugeot.

—Hola, ¿querés comprar un auto?

—Hola.

—Tenemos muchos planes. Cuotas chicas, de 1800, de 2000. Vos elegís.

—Claro. ¿Ustedes quiénes son?

—Nosotros somos de San Nicolás. ¿Querés que te tome los datos?

—Mirá, en este momento no estoy interesado en…

—Pero no importa, capaz lo comprás más adelante. Dejame tus datos y nosotros te llamamos.

—No, sabés qué, mejor los llamo yo si llego a estar interesado.

—No, pero es mejor si te llamamos nosotros, así te explicamos bien.

—¿O sea que si llamo yo me van a explicar mal?

(Se ríe.)

—Dejame tus datos y te contactamos.

—No, gracias.

—¿No querés dejarme tus datos? Te llamo, dale. ¿No querés que te llame?

La Gran Muralla

Cartel improvisado en «La Gran Muralla».

A dos cuadras y media de donde trabajo hay un supermercado chino. Se llama La Gran Muralla. Las primeras veces que fui me llamó la atención la chinita que me cobraba en la caja: parecía de unos 17 o 18 años, y era como linda, pero me costaría explicar por qué. Después no la vi más. Me intriga un poco saber qué le pasó, si sus padres la habían traído a Argentina contra su voluntad, si se quería ir, si la hicieron volver.

Después, durante un buen tiempo, cada vez que iba me atendía algún chino distinto de la familia. Es decir, creo que son una familia. El único que no me atendió nunca es el viejito que parece ser el capo máximo: ese estaba siempre sentado afuera, de piernas cruzadas, con alguna camisa hawaiana medio desprendida, hablando por Nextel, con un aire Yakuza. La mujer del capo tampoco me ha atendido muchas veces. Siempre está corriendo —literalmente, corriendo— por los pasillos, acomodando mercadería. La veo agacharse a juntar cosas y me recuerda un poco a esas películas asiáticas de terror, como El ojoLa llamada,El grito, donde los cadáveres se retuercen de una manera impresionante. Los que sí atendían en la caja eran dos o tres jóvenes, de los que ahora solo queda uno. Y al capo máximo hace unos meses que no lo veo. El personal va rotando.

Ahora trajeron a una nueva chica que no me termina de caer bien: cuando me pide que le pague con el cambio justo me tira unos gritos casi violentos. Y además me suele dar golosinas en lugar de monedas, lo cual entiendo, porque muchos comercios lo hacen, pero me lo dice en un tono que pareciera no dejarme opción. Hay veces en que la agarro leyendo un libro para aprender español. Se nota que progresó bastante, aunque todavía le falta: hay viejitas que le hablan de sus nietos mientras pagan y ella simplemente asiente y dice «sí, sí». Yo creo que no les entiende nada.

Paso por La Gran Muralla casi todos los días. Llevo yogur, o una lata de atún, para comer al mediodía en la oficina. Y cuando pago veo que tienen un maneki neko —que es japonés— sobre el mostrador, invitándote a que sigas comprando, o a que vuelvas. Vaya uno a saber, son un misterio.

Déjà vu

—Hola —me dijo la empleada detrás del mostrador—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Mirá, pagué todas las patentes pero perdí el recibo, así que necesito que me hagan algún documento que certifique que está todo pago.

—Bien, el Libre Deuda necesitás vos, cuesta 40 pesos.

—Bueno —le respondí, sacando dos billetes de 20 de la billetera.

—Ahora te lo hago, dame un segundo. ¿Cuál es la patente?

—GLB 931.

(Consultó su computadora unos momentos).

Hmmm. Acá no me figura nada con esa patente.

—¿Cómo que no? —me extrañé.

—No, no figura nada. ¿Es una moto o un auto?

—Una moto.

—A ver… No, nada. Te voy a pedir que me traigas los documentos de cuando la patentaste.

—Bueno. Pero es raro, porque ayer mismo entré al sitio web de la provincia y pude imprimir las boletas.

—No sé, me fijo de nuevo.

(Dos minutos después).

—Tu apellido es Calzolari, ¿no?

—Sí.

—Sí, acá me aparecen tus datos, pero no me figura ninguna deuda con esa patente.

—Es que justamente yo lo que quiero es un certificado de que no tengo deuda, de que pagué todo.

—¡Ah, el Libre Deuda necesitás vos!

—Claro.

—Son 40 pesos.

—Bueno —le respondí, con la sensación de estar viviendo un déjà vu y alcanzándole los dos billetes.

Hospital Coffee

Lo que sigue es un pequeño cuento en inglés que escribí a principios de 2011.

Frank looked at his coffee once again, still doubting whether to drink it or not. Finally, he decided it was too cold for his taste, and with an evident bad mood, put the cup on the little table of the room. He didn’t like hospitals, mainly because of the smell of cleanness and antibiotics, which, ironically, made him feel sick.

It was still raining outside. He stood next to the window for some minutes, and then turned back to look at the young girl lying on the stretcher. “If it wasn’t for this stupid rain I wouldn’t have hit you with my car, I’m so sorry.” But her eyes were still closed and she couldn’t hear his apologies.

His bad mood had now turned into an anguish that descended from his head and was pressing hard inside his chest. He sat down in a chair, staring at the cables hanging from the girl’s body, not sure if he was feeling angry with life or sad with the situation. Probably, it was a little bit of both.

“Why on Earth did this happen to me? I’m not perfect, you know, my life is a complete mess since — ” his voice began to sound painful. “I’ve made my mistakes, but I can’t… I just can’t carry with killing someone.”

Exhausted, and while he wondered where the hell were all the doctors, he couldn’t avoid falling asleep. It had been a long day.

“Wake up, Frank.”

A woman’s voice talked to him with great calm. He tried to open his eyes at once, but a strong clarity didn’t allow him. It felt as if the nurse’s white clothes were shinning like a small sun inside the room. Only after blinking for some seconds he could finally see with no trouble.

“What time is it?”

“About 4 A.M.”

“So I slept only half an hour? My eyes burn as if I had been sleeping for days.”

The nurse introduced herself; her name was Zoe, and she had came to take care of the girl he had accidentally hit.

“Doctors are occupied with an emergency, but I am here now. I will take care of Emma, and she will be okay, don’t worry.”

After hearing these words, Frank picked up his coat and car keys, and before walking to the door, he almost drank the cup of coffee on the table, but immediately remembered it was cold. With nothing else to do, he looked at Zoe to say goodbye, but she spoke beforehand:

“What are you doing?”

“I’m leaving,” and while scratching his head he then added, “I hate hospitals. But it’s okay, right? You said she’ll be fine, so — ”

“She will wake up in a few minutes, don’t you think you should talk to her and apologize?”

Zoe kept looking at Frank with her incredible penetrating dark eyes, waiting for an answer. She was a black woman, and her teeth and clothes were almost impossibly white. Somehow, her presence was very imposing, and Frank couldn’t avoid looking down and answering with some shame in his voice, “Yes, you’re right.”

He had just realised that probably he would have to stay there the whole night, so he loosened a little his tie, sighed deeply, and walked back to his chair.

A moment later, he looked at Zoe, who was holding Emma’s hand, and with a puzzled face, he asked her: “How do you know she’ll wake up in a few minutes?”

“Well, she is very badly injured, but I’ve been sent here to make sure she opens her eyes.”

“Yes, but — ” Frank paused to stand up, and then continued. “How do you know that her name is Emma? The hospital couldn’t reach her family because no one knows who the hell she is.”

Zoe’s face looked as if she had been caught doing something bad.

“In fact,” he continued, “how did you know my name is Frank? Nobody asked me for it since we’ve arrived.”

The room remained in an awkward silence for some seconds. “Well, it’s complicated, Frank,” said Zoe.

“I will leave now. But — ” Zoe took a deep breath and went on, “do me a favor Frank, and don’t blame yourself, you’re a good person.”

Frank was frowning now, beginning to feel more and more confused. He knew she wasn’t talking about the accident that had happened a couple of hours ago. There was something deeper in her eyes: Zoe knew him, and it seemed that really well. He tried to say something, anything, but couldn’t.

A couple of seconds later, Zoe walked out the door. Even though he didn’t understand what had just happened, maybe — just maybe — Zoe was right, and that made him feel a little better about everything.

“Well,” he thought, “that was odd.” Then he sat down again, looking at Emma, and began to drink his coffee, which now had just the right temperature for his taste.

Manos vacías

Me había tomado un remís hasta el supermercado Vittori, porque ahí mis padres tenían cuenta corriente y yo siempre compraba Coca-Cola y alguna que otra porquería, como masitas o chizitos. En el bolsillo tenía la plata justa como para pagar un viaje de ida y otro de vuelta.

Cuando bajé, lo primero que noté fue que el supermercado estaba cerrado. El remís se fue apenas cerré la puerta, y yo quedé parado ahí, como un estúpido, dándome cuenta de que era domingo, y Vittori no abría los domingos, como cualquier otro comercio.

Todo tiene solución, pensé. Pero esta vez no la había: no tenía otro lugar donde comprar a cuenta. Pensé que en lugar de gastar en remises podría haber ido con ese dinero al almacén de mi barrio, pero recordé que entonces solo me hubiera alcanzado para una gaseosa. Ahora sabía que aún así, esa hubiese sido una mejor opción.

Caminé tres cuadras hasta la remisería sobre calle Dorrego; recorrí el trayecto sintiéndome mal, derrotado. Lamenté mi decisión desafortunada de haber querido comprar además algo para comer. Ahora debía volver a casa sin Coca-Cola y sin dinero para ir al almacén.

El día estaba nublado.

Cruzando la calle, en dirección a la remisería, vi un señor que parecía estar desorientado. Lo vi, en realidad, porque él se había parado frente a mí agitando las manos y hablando en voz alta.

—Nene, ¡nene! ¿dónde estoy? — me preguntó.

Yo venía distraído y me costó un poco reaccionar a lo inusual de la pregunta.

—En barrio Centro, señor — respondí.

No presté atención a la siguiente pregunta porque no terminaba de entender lo que estaba sucediendo. No sabía quién era ni de dónde había salido este señor: tenía ropa sucia, un pantalón agujereado, y la nariz colorada. Además, hablaba a los gritos y parecía nervioso.

—¡No, nene! — me repitió, llevándose las manos al pecho con el gesto de los italianos — ¡quiero saber en qué ciudad estoy!

—Esto es Villa Constitución, señor.

—¿Y dónde queda Villa Constitución? —me preguntó.

Después agregó que él era de Rosario; le expliqué entonces que se encontraba 50 km al sur de su ciudad. Y el señor procedió a contarme sobre cómo había querido tomar un colectivo interno para ir desde su casa hasta un estadio de fútbol y se había quedado dormido durante el viaje.

—Quería ir a ver a Central a la cancha, pero me tomé un par de porrones en el colectivo, viste, y palmé.

Asentí.

Le dije que podía tomarse la línea “M” para volver, que era un viaje de una hora, y le iba a costar cuatro pesos. Lo vi meter la mano en el bolsillo, deseando que haya algo ahí, y retirarla con un par de billetes de dos pesos arrugados.

—Decí que traje plata —me dijo, y se fue.

El día seguía nublado. Tomé un remís y pude volver a casa, sin Coca-Cola, masitas ni chizitos.

Vergüenza

Recuerdo la primera vez que compré preservativos: fue una vergüenza total. Quise que parezca una compra casual, porque eso había aprendido de Grounded for life (una comedia que me gustaba bastante cuando tenía catorce o quince años). Había visto un capítulo en el que Lily le pide a una amiga que le vaya a comprar condones; su amiga se los trae, pero también trae varias bolsas llenas de otras cosas, porque “¡no podía entrar y comprar solo eso!”. Continuar leyendo “Vergüenza”

I think

I think that I think too much. I think of the things I’ve done, the things I’m doing, and the things I’ll do some day. Sometimes, I think I’m right, and sometimes I think I’m just getting it all wrong. I think about where I’ll go when I die. And sometimes, I think I’m a good person. I think of God, life and time. I think, sometimes, that I’m alone, when I’m not. I think of you, stranger. I also think a lot about her, and how beautiful she is. I think about the people in my life, and their stories. I think about the decisions I’ve taken. I think my life would be easier If I didn’t think. Sometimes, like tonight, I think that I think too much.

Si fuese lindo

En el Bar Orsai le compré a mi viejo un libro de Hernán Casciari titulado Charlas con mi hemisferio derecho. Cuando se lo llevé miré la solapa de atrás, donde la mayoría de los libros incluye algo de información sobre otras publicaciones de la editorial, y vi que este tenía una transcripción de un diálogo en el que Hernán afirma que si fuese lindo no se dedicaría a escribir “ni en pedo”. Un poco en serio, un poco en broma, anuncian más abajo que van a publicar un libro titulado Antología hispanoamericana de escritores lindos.

Lógicamente es un diálogo cómico y dudo mucho que haya tenido lugar en la realidad, pero igualmente, me quedé pensando en el tema de las cosas a las que se dedica la gente linda.

Creo que es cierto: la gente linda no se preocupa por hacer nada. O al menos, muy poca lo hace. La gente más inteligente que he conocido en mi vida, la más interesante, de la que más he aprendido, o simplemente la que más garra le pone a lograr algo mientras estén vivos, ha resultado ser no del todo atractiva (salvo contadas excepciones). Pero la gente linda, en cambio, parece sentir que tiene todo resuelto. Y quizás, de cierta manera, estén en lo cierto.

Claro que esto es así según mi juicio. ¿Quién soy yo para decir quién es inteligente, interesante o lindo? La belleza, como todos sabemos, es subjetiva. Lo aclaro para evitar que alguien salte a explicármelo, y que en cambio entienda estos párrafos como lo que son: una reflexión nocturna de alguien que tendría que estar durmiendo, y en cambio está pensando qué haría si fuese lindo.

Sucede que cuando yo era chico me miraba en el espejo y me decía: — Y bueno… hay gente a la que le toca ser linda y gente a la que le toca ser fea. Esto es lo que me tocó a mí — y eso más o menos me permitía seguir con mi infancia. Pero el asunto seguía existiendo: yo lo veía a Gustavo, mi vecino de enfrente y mejor amigo, y quería ser como él. Luego, en sexto grado a mí y a dos compañeros nos apodaban “los superdotados” — porque no conocían la palabra nerd — , y durante el resto de la secundaria pertenecí al grupo de los aburridos antisociales que no salían a los boliches, que era lo que supuestamente todos los jóvenes teníamos que estar haciendo.

Me di cuenta de que lo mío no eran ni las fiestas — aunque salí durante algún tiempo en la adolescencia — , ni levantarme chicas, ni nada de eso que mis compañeros disfrutaban tanto. Yo era pésimo en todo eso. Aún lo soy.

El punto es que todo esto me hizo darle otro enfoque a mi vida. Si hubiese sido lindo probablemente hoy estaría preocupándome por alguna de las cosas que considero menos importantes. Mi vida sería seguramente todo lo opuesto a lo que es hoy. Estaría contento con mi imagen y nunca me tendría que preocupar por vivir todo el resto de mi vida solo. Habría pasado la mayor parte de mi juventud sufriendo por un amor adolescente. Y no habría aprendido a admirar a casi nadie. Seguramente no me interesaría aprender por el solo placer de aprender. Tendría un trabajo menos interesante, y estaría conforme con él. No me haría planteos ridículos como este. Ni tampoco me importaría ser mediocre.

Creo que sí: si fuese lindo sería una de las personas más aburridas que puedas conocer.

Debería

Te estás durmiendo, en la oficina, frente a la computadora. Tu día de trabajo se convirtió en un infierno de horas, minutos y segundos interminables. Mantenés tus manos sobre el teclado, haciendo como que trabajás, pero la verdad es que ni siquiera sabés qué estás mirando en la pantalla.

Comenzás a cabecear de sueño. «Ahí está mi jefe», pensás. Sería un problema si te viera en este estado. «¡Tengo que despertarme!», pero no podés simplemente hacerlo, y cabeceás nuevamente. Solo pasaron cinco minutos y eso es lo peor de todo. Necesitás que el tiempo pase más rápido si querés sobrevivir esta mañana. «Necesito distraerme», te das cuenta.

Ahora estás saliendo de la oficina. Te dirigís hacia el baño, donde te vas a refrescar un poco, pero en el camino escuchás que alguien te dice algo. Es la recepcionista, y te gusta hablar con ella, así que decidís quedarte ahí. Tenés tanto sueño que todo lo que dice te parece gracioso y entretenido. Después de algún tiempo volvés a la oficina y te sentás en tu silla.

«Ya debieron haber pasado al menos dos horas», pensás. Pero miras el reloj en la esquina de la pantalla y ves que solo fueron treinta minutos. «¡Mierda! Debería haber dormido anoche —admitís—. Debería haber dormido».

Nombres

Hace unos días, en Rosario, me pasó esto. Delante mío iba caminando una chica, y con la mejor de las intenciones, la alcancé y le dije “Flaca, se te cayó algo”.

La chica se detuvo, revisó de un vistazo las cosas que llevaba, y se dio cuenta de que tenía razón, algo se le había caído. Era un papel. Yo ya lo había juntado y se lo estaba dando en la mano. Cuando lo tomó confirmé mi sospecha: la tipa era hermosa. Seguimos caminando por la vereda de la plaza Pringles, hasta que llegamos al semáforo de peatones. Mientras esperábamos para cruzar la calle, me preguntó mi nombre.

—¿Mi nombre? Natán. Me llamo Natán  —una sola palabra hubiera bastado, pero no.

—Gracias, Natán —me dijo, y volvió a mirar hacia adelante.

Los siguientes cinco segundos de silencio fueron algo incómodos, al menos para mí, que nunca sé cómo hablar con una chica. Estaba por preguntarle cómo se llamaba, pero ella siguió hablando:

—Me gusta tu nombre. Yo me llamo Iris.

—¿Iris? Qué lindo nombre. Sos la primera persona que conozco que se llama así —no sé porqué habría de interesarle un dato estadístico sobre mi vida, pero a veces es lindo hacer sentir especial a la gente.

Ella me sonrió, y tenía una sonrisa hermosa. Yo le sonreí, también, con mi sonrisa fea. Y finalmente cruzamos la calle.