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Hola.

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Saliendo de una reunión de trabajo, mientras me subía al auto, vi a una ex profesora de la primaria. No recuerdo su nombre. Lo único que recuerdo de ella es que me caía bien, y que una vez, hace unos diez años, iba caminando por esa misma calle cuando la crucé y me saludó. También recuerdo que en séptimo grado nos hizo redactar una autoevaluación, y que al entregar la mía no la puso sobre el escritorio como a las demás, sino que la leyó completa y me hizo corregir una expresión desafortunada sobre mis compañeros. No la saludé; probablemente no me hubiera recordado. Pero me alegró verla.

Durante las cuatro horas que estuve varado, intenté mover el auto empujando con ayuda de gente que pasaba, tirando con un caballo, empujando con más gente, colocando tablas de madera debajo de las ruedas, empujando con todavía más gente, llamando a la grúa y buscando un tractor. La grúa no se quiso meter donde estaba el auto y el tractor no estaba.

—¿No viste el cartel que decía “Peligro, camino intransitable”? —me dijo mi viejo.

Ya totalmente a oscuras, el auto lo sacamos con la ayuda de cinco muchachos que llegaron con linternas y botas, y nos dijeron que ese día ya habían desencajado un camión y un auto. No sé cómo hicimos, pero lo movimos. En un momento incluso desplazamos el auto de manera lateral. Fue todo medio fascinante.

Luego me dijo uno de ellos que la pavimentación de ese camino ya había sido pagada varias veces pero que nunca se hizo, y que hubiese sido demasiado peligroso pasar la noche ahí.

Irme manejando con el barro hasta el cuello fue una de las sensaciones alivio más grandes que viví.

Me paran por la calle y me encajan un folleto de Peugeot.

—Hola, ¿querés comprar un auto?

—Hola.

—Tenemos muchos planes. Cuotas chicas, de 1800, de 2000. Vos elegís.

—Claro. ¿Ustedes quiénes son?

—Nosotros somos de San Nicolás. ¿Querés que te tome los datos?

—Mirá, en este momento no estoy interesado en…

—Pero no importa, capaz lo comprás más adelante. Dejame tus datos y nosotros te llamamos.

—No, sabés qué, mejor los llamo yo si llego a estar interesado.

—No, pero es mejor si te llamamos nosotros, así te explicamos bien.

—¿O sea que si llamo yo me van a explicar mal?

(Se ríe.)

—Dejame tus datos y te contactamos.

—No, gracias.

—¿No querés dejarme tus datos? Te llamo, dale. ¿No querés que te llame?

—Hola —me dijo la empleada detrás del mostrador— ¿En qué puedo ayudarte?

—Mirá, pagué todas las patentes pero perdí el recibo, así que necesitaba que me hagan algún documento que certifique que está todo pago.

—Bien, el libre deuda necesitás vos, cuesta 40 pesos.

—Bueno —le respondí, sacando dos billetes de 20 de la billetera.

—Ahora te lo hago, dame un segundo. ¿Cuál es la patente?

—GLB 931.

(Consultó su computadora unos momentos.)

—Hmmm. Acá no me figura nada con esa patente.

—¿Cómo que no? —me extrañé.

—No, no figura nada. ¿Es una moto o un auto?

—Una moto.

—A ver… No, nada. Te voy a pedir que me traigas los documentos de cuando la patentaste.

—Bueno. Pero es raro, porque ayer mismo entré al sitio web de la provincia y pude imprimir las boletas.

—No sé, me fijo de nuevo.

(Dos minutos después.)

—Tu apellido es Calzolari, ¿no?

—Sí.

—Sí, acá me aparecen tus datos, pero no me figura ninguna deuda con esa patente.

—Es que justamente yo lo que quiero es un certificado de que no tengo deuda, de que pagué todo.

—¡Ah, el libre deuda necesitás vos!

—Claro.

—Son 40 pesos.

—Bueno —le respondí, con la sensación de estar viviendo un déjà vu y alcanzándole los dos billetes.

Me había tomado un remís hasta el supermercado Vittori, porque ahí mis padres tenían cuenta corriente y yo siempre compraba Coca-Cola y alguna que otra porquería, como masitas o chizitos. En el bolsillo tenía la plata justa como para pagar un viaje de ida y otro de vuelta.

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Recuerdo la primera vez que compré preservativos: fue una vergüenza total. Quise que parezca una compra casual, porque eso había aprendido de Grounded for life (una comedia que me gustaba bastante cuando tenía catorce o quince años). Había visto un capítulo en el que Lily le pide a una amiga que le vaya a comprar condones; su amiga se los trae, pero también trae varias bolsas llenas de otras cosas, porque “¡no podía entrar y comprar solo eso!”.

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Te estás durmiendo, en la oficina, frente a la computadora. Tu día de trabajo se convirtió en un infierno de horas, minutos y segundos interminables. Mantenés tus manos sobre el teclado, fingiendo trabajar, pero la verdad es que ni siquiera sabés qué estás mirando en la pantalla.

Comenzás a cabecear de sueño. —Ahí está mi jefe —pensás. Sería un problema si te viera en este estado. —¡Tengo que despertarme! —pero no podés simplemente hacerlo, y cabeceás nuevamente. Solo pasaron cinco minutos y eso es lo peor de todo. Necesitás que el tiempo pase más rápido si querés sobrevivir esta mañana. —Necesito distraerme —te das cuenta.

Ahora estás saliendo de la oficina. Te dirigís hacia el baño, donde te vas a refrescar un poco, pero en el camino escuchas que alguien te dice algo. Es la recepcionista, y te gusta hablar con ella, así que decidís quedarte ahí. Tenés tanto sueño que todo lo que dice te parece gracioso y entretenido.

Después de algún tiempo volvés a la oficina y te sentás en tu silla. —Debieron pasar al menos dos horas —pensás. Pero miras el reloj en la esquina de la pantalla, y ves que solo fueron treinta minutos. —¡Mierda! Debería haber dormido anoche —admitís—. Debería haber dormido.