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Hola.

Me había tomado un remís hasta el supermercado Vittori, porque ahí mis padres tenían cuenta corriente y yo siempre compraba Coca-Cola y alguna que otra porquería, como masitas o chizitos. En el bolsillo tenía la plata justa como para pagar un viaje de ida y otro de vuelta.

Cuando bajé, lo primero que noté fue que el supermercado estaba cerrado. El remís se fue apenas cerré la puerta, y yo quedé parado ahí, como un estúpido, dándome cuenta de que era domingo, y Vittori no abría los domingos, como cualquier otro comercio.

Todo tiene solución, pensé. Pero esta vez no la había: no tenía otro sitio donde comprar a cuenta. Pensé que en lugar de gastar en remises podría haber ido con ese dinero al almacén de mi barrio, pero recordé que entonces solo me hubiera alcanzado para una gaseosa. Ahora sabía que aún así, esa hubiese sido una mejor opción.

Caminé tres cuadras hasta la remisería sobre calle Dorrego; recorrí el trayecto sintiéndome mal, derrotado. Lamenté mi decisión desafortunada de haber querido comprar además algo para comer. Ahora debía volver a casa sin Coca-Cola y sin dinero para ir al almacén.

El día estaba nublado.

Cruzando la calle, en dirección a la remisería, vi un señor que parecía estar desorientado. Lo vi, en realidad, porque él se había parado frente a mí agitando las manos y hablando en voz alta.

—Nene, ¡nene! ¿dónde estoy? —me preguntó.

Yo venía distraído y me costó un poco reaccionar a lo inusual de la pregunta.

—En barrio Centro, señor —respondí.

No presté atención a la siguiente pregunta porque no terminaba de entender lo que estaba sucediendo. No sabía quién era ni de dónde había salido este señor: tenía ropa sucia, un pantalón agujereado, y la nariz colorada. Además, hablaba a los gritos y parecía nervioso.

—¡No, nene! —me repitió, llevándose las manos al pecho con el gesto de los italianos— ¡quiero saber en qué ciudad estoy!

Me hizo acordar a una película argentina en la que un borracho pregunta en qué país se encuentra, y me causó gracia.

—Esto es Villa Constitución, señor.

—¿Y dónde queda Villa Constitución? —me preguntó.

Después agregó que él era de Rosario; le expliqué entonces que se encontraba 50 km al sur de su ciudad. Y el señor procedió a contarme sobre cómo había querido tomar un colectivo interno para ir desde su casa hasta un estadio de fútbol y se había quedado dormido durante el viaje.

—Quería ir a ver a Central a la cancha, pero me tomé un par de porrones en el colectivo, viste, y palmé.

Asentí.

Le dije que podía tomarse la línea “M” para volver, que era un viaje de una hora, y le iba a costar cuatro pesos. Lo vi meter la mano en el bolsillo, deseando que haya algo ahí, y retirarla con un par de billetes de dos pesos arrugados.

—Decí que traje plata —me dijo, y se fue.

El día seguía nublado. Tomé un remís y pude volver a casa, sin Coca-Cola, masitas ni chizitos.

Comments

2 Comments

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  1. junio 24, 2012

    Que colectivo te lleva a la cancha de central Y hasta Villa Constitución?? jaja

  2. junio 24, 2012

    Yo calculo que le habían dicho que la ‘M’ (que ahora es la ‘A’) lo dejaba bien, pero no le avisaron que salía de Rosario.

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