Nombres

Hace unos días, en Rosario, me pasó esto. Delante mío iba caminando una chica, y con la mejor de las intenciones, la alcancé y le dije “Flaca, se te cayó algo”.

La chica se detuvo, revisó de un vistazo las cosas que llevaba, y se dio cuenta de que tenía razón, algo se le había caído. Era un papel. Yo ya lo había juntado y se lo estaba dando en la mano. Cuando lo tomó confirmé mi sospecha: la tipa era hermosa. Seguimos caminando por la vereda de la plaza Pringles, hasta que llegamos al semáforo de peatones. Mientras esperábamos para cruzar la calle, me preguntó mi nombre.

—¿Mi nombre? Natán. Me llamo Natán  —una sola palabra hubiera bastado, pero no.

—Gracias, Natán —me dijo, y volvió a mirar hacia adelante.

Los siguientes cinco segundos de silencio fueron algo incómodos, al menos para mí, que nunca sé cómo hablar con una chica. Estaba por preguntarle cómo se llamaba, pero ella siguió hablando:

—Me gusta tu nombre. Yo me llamo Iris.

—¿Iris? Qué lindo nombre. Sos la primera persona que conozco que se llama así —no sé porqué habría de interesarle un dato estadístico sobre mi vida, pero a veces es lindo hacer sentir especial a la gente.

Ella me sonrió, y tenía una sonrisa hermosa. Yo le sonreí, también, con mi sonrisa fea. Y finalmente cruzamos la calle.

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