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Hola.

Te estás durmiendo, en la oficina, frente a la computadora. Tu día de trabajo se convirtió en un infierno de horas, minutos y segundos interminables. Mantenés tus manos sobre el teclado, fingiendo trabajar, pero la verdad es que ni siquiera sabés qué estás mirando en la pantalla.

Comenzás a cabecear de sueño. —Ahí está mi jefe —pensás. Sería un problema si te viera en este estado. —¡Tengo que despertarme! —pero no podés simplemente hacerlo, y cabeceás nuevamente. Solo pasaron cinco minutos y eso es lo peor de todo. Necesitás que el tiempo pase más rápido si querés sobrevivir esta mañana. —Necesito distraerme —te das cuenta.

Ahora estás saliendo de la oficina. Te dirigís hacia el baño, donde te vas a refrescar un poco, pero en el camino escuchas que alguien te dice algo. Es la recepcionista, y te gusta hablar con ella, así que decidís quedarte ahí. Tenés tanto sueño que todo lo que dice te parece gracioso y entretenido.

Después de algún tiempo volvés a la oficina y te sentás en tu silla. —Debieron pasar al menos dos horas —pensás. Pero miras el reloj en la esquina de la pantalla, y ves que solo fueron treinta minutos. —¡Mierda! Debería haber dormido anoche —admitís—. Debería haber dormido.

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