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Hola.

Disclaimer: Este artículo se escribió en abril de 2014, y utiliza cifras y suposiciones basadas en la situación argentina de ese momento. Muy probablemente, en el lapso de un año (o menos) la información de este texto haya quedado obsoleta.

Hace unos días debatía con alguien acerca de la posibilidad o imposibilidad que tiene un joven de irse a vivir solo, hoy en día, en Argentina.

No nos pusimos de acuerdo. Ella consideraba que con un sueldo de unos $7000 pesos —y una buena administración de los gastos— es perfectamente posible mudarse a un departamento y vivir independientemente. Yo opiné que, teniendo en cuenta los gastos básicos, ese dinero no sería suficiente. Pero después de revisar algunos números creo que, a fin de cuentas, la respuesta se encuentra a mitad de camino entre las dos opiniones.

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Me paran por la calle y me encajan un folleto de Peugeot.

—Hola, ¿querés comprar un auto?

—Hola.

—Tenemos muchos planes. Cuotas chicas, de 1800, de 2000. Vos elegís.

—Claro. ¿Ustedes quiénes son?

—Nosotros somos de San Nicolás. ¿Querés que te tome los datos?

—Mirá, en este momento no estoy interesado en…

—Pero no importa, capaz lo comprás más adelante. Dejame tus datos y nosotros te llamamos.

—No, sabés qué, mejor los llamo yo si llego a estar interesado.

—No, pero es mejor si te llamamos nosotros, así te explicamos bien.

—¿O sea que si llamo yo me van a explicar mal?

(Se ríe.)

—Dejame tus datos y te contactamos.

—No, gracias.

—¿No querés dejarme tus datos? Te llamo, dale. ¿No querés que te llame?

Cartel improvisado en "La gran muralla".

Cartel improvisado en “La Gran Muralla”.

A dos cuadras y media de donde trabajo hay un supermercado chino. Se llama “La Gran Muralla”. Las primeras veces que fui me llamó la atención la chinita que me cobraba en la caja: parecía de unos 17 o 18 años, y era como linda, pero me costaría explicar por qué. Después no la vi más. Me intriga un poco saber qué le pasó, si sus padres la habían traído a Argentina contra su voluntad, si se quería ir, si la hicieron volver.

Después, durante un buen tiempo, cada vez que iba me atendía algún chino distinto de la familia —es decir, creo que son una familia—. Excepto el viejito que parece ser el capo máximo: ese solía estar siempre sentado afuera, de piernas cruzadas, con alguna camisa hawaiana medio desprendida, hablando por Nextel o algo similar, con un aire yakuza, podría decirse. La mujer del capo tampoco me ha atendido muchas veces. Siempre está corriendo —literalmente, corriendo— por los pasillos, acomodando mercadería. La veo agacharse a juntar cosas y me recuerda un poco a esas películas asiáticas de terror, como El ojo, La llamada, El grito, donde los cadáveres se retuercen de una manera algo impresionante. Los que sí atendían en la caja eran dos o tres jóvenes, de los que ahora sólo queda uno. Y el capo máximo ya no está; hace meses que no lo veo. El personal va rotando.

Ahora trajeron a una nueva chica china que no me termina de caer bien: cuando me pide que le pague con el cambio justo me tira unos gritos casi violentos. Y además me suele dar golosinas en lugar de monedas, lo cual entiendo, porque muchos comercios lo hacen, pero me lo dice en un tono que pareciera no dejarme opción. Hay veces en que la agarro leyendo un libro para aprender español. Se nota que progresó bastante, pero todavía le falta: hay viejitas que le hablan de sus nietos mientras pagan y ella simplemente asiente y dice “sí, sí”. Creo no les entiende nada.

Paso por La Gran Muralla casi todos los días. Llevo yogur, o una lata de atún, para comer al mediodía en la oficina. Y cuando pago veo que tienen un maneki neko —que es japonés— sobre el mostrador, invitándote a que sigas comprando, o a que vuelvas. Vaya uno a saber, son un misterio.

—Hola —me dijo la empleada detrás del mostrador— ¿En qué puedo ayudarte?

—Mirá, pagué todas las patentes pero perdí el recibo, así que necesitaba que me hagan algún documento que certifique que está todo pago.

—Bien, el libre deuda necesitás vos, cuesta 40 pesos.

—Bueno —le respondí, sacando dos billetes de 20 de la billetera.

—Ahora te lo hago, dame un segundo. ¿Cuál es la patente?

—GLB 931.

(Consultó su computadora unos momentos.)

—Hmmm. Acá no me figura nada con esa patente.

—¿Cómo que no? —me extrañé.

—No, no figura nada. ¿Es una moto o un auto?

—Una moto.

—A ver… No, nada. Te voy a pedir que me traigas los documentos de cuando la patentaste.

—Bueno. Pero es raro, porque ayer mismo entré al sitio web de la provincia y pude imprimir las boletas.

—No sé, me fijo de nuevo.

(Dos minutos después.)

—Tu apellido es Calzolari, ¿no?

—Sí.

—Sí, acá me aparecen tus datos, pero no me figura ninguna deuda con esa patente.

—Es que justamente yo lo que quiero es un certificado de que no tengo deuda, de que pagué todo.

—¡Ah, el libre deuda necesitás vos!

—Claro.

—Son 40 pesos.

—Bueno —le respondí, con la sensación de estar viviendo un déjà vu y alcanzándole los dos billetes.

Lo que sigue es un pequeño cuento en inglés que escribí a principios de 2011. 


Frank looked at his coffee once again, still doubting whether to drink it or not. Finally, he decided it was too cold for his taste, and with an evident bad mood, put the cup on the little table of the room. He didn’t like hospitals, mainly because of the smell of cleanness and antibiotics, which, ironically, made him feel sick.

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Fui citado en Sin Cita. Sin Cita es un proyecto que toma frases de la web (por lo general relacionadas a la tecnología y ciberculturas), las remixa en carteles muy vistosos, las cuelga en espacios públicos, las fotografía, y luego las devuelve a la web en forma de imágenes.

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Me había tomado un remís hasta el supermercado Vittori, porque ahí mis padres tenían cuenta corriente y yo siempre compraba Coca-Cola y alguna que otra porquería, como masitas o chizitos. En el bolsillo tenía la plata justa como para pagar un viaje de ida y otro de vuelta.

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Recuerdo la primera vez que compré preservativos: fue una vergüenza total. Quise que parezca una compra casual, porque eso había aprendido de Grounded for life (una comedia que me gustaba bastante cuando tenía catorce o quince años). Había visto un capítulo en el que Lily le pide a una amiga que le vaya a comprar condones; su amiga se los trae, pero también trae varias bolsas llenas de otras cosas, porque “¡no podía entrar y comprar solo eso!”.

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